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18 mayo, 2011

Sucesiones

Mariano Rajoy nunca presidirá el Gobierno del Estado español: es completamente imposible.

Estamos en campaña, así que toca hablar de política, aunque no me circunscriba a los ámbitos regionales que se ponen en juego este domingo, sino que me lance al terreno de los pronósticos a un año vista: en ese plazo se comprobará que mi predicción no era tan descabellada como parece hoy, y que no significa necesariamente que la incertidumbre del candidato socialista (Rubalcaba, Chacón o cualquier otro, es lo de menos) vaya a remontar un descalabro inevitable, porque no he negado al PP, sino exclusivamente a su actual candidato.

Siempre que hay lío dentro de un partido, y la trama Gürtel es uno de los gordos, se tapian las salidas de emergencia para los gerifaltes, impidiéndoles el escabullimiento mediante el implacable: "si sabía que esto estaba ocurriendo, debe dimitir y recibir sobre sí el peso de la justicia; si lo ignoraba, significa que es incapaz de manejar su propio partido, y eso es señal de que gobernar todo un país lo rebasaría en todos los frentes".

Hoy se le ha sometido a esta trampa desde los micrófonos de la Cadena SER, inquiriéndole expresamente a propósito de su conocimiento sobre las tramas de financiación ilegal en su partido que, a día de hoy, siguen en manos de los tribunales.

Como respuesta ha optado por la más cobarde del inmenso abanico que se le presentaba: "Que yo sepa, no". Un sí, por supuesto, resultaba impensable, ya que llevaría aparejada su renuncia inmediata, pero el no, más o menos creíble, implicaría, al menos, un determinado margen de duda hacia sus capacidades como gestor: la asunción, por fin, de alguna valentía en un discurso que siempre se ha caracterizado por la falta de propuestas ajenas a criticar las del partido cuya oposición ejerce, dejando en manos de sus dóberman los asuntos de la derecha menos fotogénica.

Su vano intento de transformar una situación lose-lose en un win-win, cuando tenía al alcance de la mano un win-lose que le permitiría mantener, cuando menos de forma temporal, la dignidad, bosqueja a un político con una carrera tan enfocada a alcanzar ese sillón (logrado, finalmente, a través del designio de una figura de cuya sombra, probablemente, nunca logre desembarazarse), que no lo abandonará salvo que lo echen a puntapiés; un aferramiento que, por otra parte, a nadie sorprenderá del líder que ni siquiera de cara a la galería consideró dejar su puesto tras fracasar en dos elecciones consecutivas.