26 septiembre, 2006

Todo en un día

Si uno quiere tener clímax, anticlímax, subidón, bajón y todos los antónimos que se le ocurran, nada como ver ocho conciertos en el mismo día.

Mi excursión músico-matritense comenzó a sonar con los mexicanos Pánico, toma de contacto con el Festival Pura vida, que sonaban muy entretenidos y además divertidos por usar todas esas palabras que a los gallegos nos hacen tanta gracia (lupita, chingón y demás).

A continuación, los canadienses The Hidden Cameras, corresponsables de mi asistencia al evento, que se ventilaron la mayoría de su The Smell of our own, y, como dicen por ahí, "estuvo muy bien escuchar las guarradas que decían en las letras mientras niños y ancianos se abrían paso entre la gente en toda su inocencia". Geniales también la danza de los violinistas o las arengas al público de la batería.

Sigo con Sidonie, prescindibilísimo grupo de posers catalanes cuya actitud sobre el escenario sugiere un vistazo a su estilo previo, cantando en inglés con un estilo radicalmente opuesto que, como no triunfaba (y con razón, porque era igual de inenarrable que el actual), les hizo derivar, publicistas mediante, en el pastiche actual.

Y llegó Vive la fête, apoteósicos, adorables, formidables. Tocaron sus grandes hits del Nuit blanche y Grand prix, olvidándose (sin que a nadie le doliese especialmente) de sus dos primeros discos, ambos con tanta repercusión como la obra previa a El sexto sentido de Shyamalan. La gente (me incluyo, claro) se volvía loca con Noir désir y, sobre todo, con Maquillage. Y cerraron, como había leído ya que es habitual en sus conciertos, lanzando la guitarra al público y permitiendo a dos espectadoras, a cuál más obsesionada por -a la par que exitosa en- transgredir, subirse a tocar o a lamerle las cuerdas de la guitarra a Danny.

Más tarde, el anticlímax: como cayó en suerte que el festival coincidiese con la Noche en blanco, hubo que aprovechar para unirse a alguna de las actividades programadas, y la elegida fue, democracia manda, la noche de cantautores del Albéniz. Aunque una larga cola me hacía albergar alguna esperanza de quedarnos fuera, al final sí que pudimos entrar y presenciar una retahíla de cantautorías de libro (otoño-amorperdido-tristeza) ligeramente sazonadas por los intermedios entre una joven promesa y la siguiente (aunque lo parezca por tratarse de cantautores, no hay aquí ninguna ironía, que se trataba de madrileños treintañeros), en los que Moncho Alpuente, genial maestro de ceremonias repasaba La experiencia es lo último que se pierde, disco que hace algunos años me había hecho cierta gracia y del que comprobé que, a lo tonto, casi recordaba verso por verso.

Y que os ondulen con la permanén.

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